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¿Y tus vacaciones donde serán?










 

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Bien está la piedra en su agujero para que venga yo y la quite...

GalicianVoyager-2010-01 (grande)

Instalado ya, frente al mar, al amparo de la sombra de estos "piñeiros mansos" contrahechos y contorsionistas, mis primeras reflexiones cabalgan a la grupa de esa secuencia interminable de miradas panorámicas que buscan armonizar el yo con la posición exacta del presente geográfico, lo cual es una forma más de triangular espacio y tiempo para que el mero existir se transforme en estar y ser donde, con quien y como uno quiere.  Aunque no lo parezca, hay en todo ello un objetivo oculto, casi alquímico y bastante hermético, del que con esfuerzo percibo la forma pero se me escapan muchas tonalidades del concepto; con el tiempo y quizás por propia deformación de este viajero, cada viaje se convierte en una ruta iniciática en la que la desorientación inicial es la puerta de entrada a través de la que uno ha de perderse para que, consciente o intuitivamente, la vida regale la posibilidad de extraviarse definitivamente en el caos o encontrarse y renacer por vez enésima.  

El escenario reúne todo lo necesario y se antoja técnicamente perfecto para lograrlo, sólo hace falta encontrar la maleta en la que he guardado -entre algodones, porque su fragilidad así lo requiere- todos los espíritus esenciales que son capaces de obrar el milagro de transformar la popular vulgaridad del "vacacionar" -que casi siempre gira alrededor de la simplona conjugación del verbo haraganear y sacar fotografías de lo mucho y bien que se ha conseguido hacerlo- en otra realidad más elevada y compleja, fronteriza e inquieta, que aspira a lograr esa cota alcanzable de plenitud anímica y emocional que perdura en el tiempo.

Irrumpen, en mi intimista escena, dos niños que venden pequeñas piedras. Vender piedras, aunque sea por cinco céntimos de euro, es ecológico, imaginativo, transversal y mucho mejor que vender humo; incluso me atrevería a decir que es óptimo para la econosuya de banqueros y trileros similares, sobre todo en tiempos en los que la masa crítica del pesimismo económico se ha instalado cómodamente en el mejor sofá de cada casa, como una especie de depresión colectiva que te jode la vida y vacía esos bolsillos que nunca estuvieron llenos más que de bonanza ficticia y optimismo de clase "Visa" y deudas fácilmente adquiridas y de pagar complejo. Si soy sincero, la socorrida crisis me importa un bledo; tampoco es que me sienta excesivamente solidario con quienes dicen sufrirla como una plaga Bíblica que les ha llegado sin merecerlo y cuyo culpable máximo siempre es ese ente abstracto, que sólo es capaz de concretarse en medidas represivas e impuestos, al que la vox populi ha dado en llamar "el Gobierno".  No cabe ni la menor duda, la crisis se ofrece, sin el mínimo pudor y tan impúdicamente desnuda como puede estarlo una crisis que se precie, como tema idóneo de conversación frente a una mesa de abundante marisco y buen vino Albariño que, aún en Galicia, siempre es prólogo de factura de al menos veinte euros por comensal que se siente a la mesa; parece contradictorio, ¿verdad?, pero no lo es porque, afortunadamente, casi todo en esta vida es un estado de ánimo cuyo poco rigor e inestabilidad focal son, a la vez, la mayor ventaja y el menor inconveniente.

Por eso, mientras busco la "partícula de Dios" en mi acelerador mental de juguete, confieso que me gustan los niños, en pantalón corto y un pelín mal aseados, que venden piedras y ni siquiera se molestan en disimular que carecen de otra condición aparte de la que tienen.

Digamos, coloquialmente, que bien está la piedra en su agujero y no saquemos, ni cosas ni personas, del lugar que les corresponde en razón a su propia naturaleza. Al fin y al cabo la vida y la realidad es una disciplina transversal y caótica, la eterna lucha entre el pathos, el ethos y el logos; el dinamismo emocional de todo lo que se siente o experimenta frente a la perversa tentación de convertir las erráticas emociones estáticas en hábito, mientras aguarda la oportunidad de entrar en liza la palabra meditada, reflexionada o razonada.

Hablaremos de otras cosas -entre ellas de Xan Quinto, el bandolero Arousano; de la Carme dos Pincheiros o de la Procesión de los Muertos; de vikingos, sarracenos y piratas, do Enterro do Felipe y del Partenón del Megalítico; dos Herdeiros da Crús, de Jabón Blue e de Tumbrabajas Solista...), os lo prometo; pero no era el hoy un tiempo adecuado ni existía una predisposición íntima apropiada para hacerlo ni escribirlo.   

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